El desafío de una generación que llora ¡futuro!

Los más de 20 focos de protesta en la ciudad han sido al mismo tiempo epicentros de movilizaciones pacíficas, bloqueos y enfrentamientos. Son el espacio diario donde el ‘pelados‘, (jóvenes descascarillados o rotos) como han buscado caracterizar a los jóvenes de estos sectores, deambulan. Varios de ellos conforman lo que se ha llamado ‘la línea del frente’, aquellos equipados con armaduras listos para rebelarse y enfrentarse. Es una fuerza de huelga dispersa, donde algunos no solo han encontrado una razón de ser repentina o un sentido de pertenencia, sino también un medio de subsistencia, porque estando allí tienen la comida que escasea en sus hogares, proporcionada por simpatizantes del mismos barrios.

Si bien el ‘frente’ ha sido el rostro más visible de esta protesta, hay un tumulto de actores y reclamos que se mezclan en la movilización, y una significativa participación pacífica pero firme de jóvenes y organizaciones que vienen denunciando el abandono y la desigualdad. durante años. En esta región de Colombia, esta revuelta podría llamarse ‘bochinche‘, (alboroto) que es precisamente el nombre que John Eyder Viáfara y un grupo de jóvenes decidieron darle a su colectivo, una organización que nació hace siete años con el propósito de evitar que sus contemporáneos, vecinos de las zonas más pobres, terminando alimentando las tasas de criminalidad de la ciudad. Para lograrlo, se han arriesgado cruzando las fronteras invisibles que imponen las pandillas en sus barrios.

También se han comprometido a combatir los ciclos de pobreza con sus campañas en curso para entregar condones para prevenir el embarazo en la adolescencia y fortalecer el potencial de la diversidad a través del arte. Pero quizás uno de los resultados más destacados es su papel en la formación de líderes en una sociedad sin mucho liderazgo. John Eyder estima que el número de jóvenes con los que ha entrado en contacto ronda los cinco mil. Pero más allá de los números, lo que más le emociona son las ‘pequeñas victorias’: “Si puedes convencer a un joven de que no se una a un ‘oficina de cobro’ (estructuras criminales dedicadas a la matanza a sueldo y la extorsión, entre otras prácticas) y en cambio trabajas duro, ya estás salvando el mundo ”, dijo en entrevista con CONNECTAS.

Desde que comenzó la huelga nacional el 28 de abril, ha habido al menos 20 puntos de reunión donde las movilizaciones y bloqueos del tráfico de automóviles y, en ocasiones, de peatones han sido una constante. Con el paso de los días, muchas cosas han comenzado a cambiar allí. Uno de ellos fue el nombre de los sitios, que se conocieron como «puntos de resistencia». Así, un popular restaurante conocido como ‘Puerto Rellena’, que es el nombre de un embutido tradicional, se convirtió en ‘Puerto Resistencia’. El puente de los Mil Días es ahora ‘Puente de las Mil Luchas’ y La Loma de la Cruz (el Cerro de la Cruz) se convirtió en Loma de la Dignidad (el Cerro de la Dignidad).

Jóvenes de los sectores más pobres de Cali, cada uno en …

Pobres y desiguales como siempre

S
ofía cursa tercero en el único colegio de un pueblo colombiano; desde comienzos del 2020 estudia en casa y como su abuela es maestra le explica las tareas o la conecta con su profesora.

Yuri y Alexandra estudian en el mismo plantel. Viven en una finca con planta eléctrica pero sin internet. Cada semana, papá o mamá bajan al pueblo a hacer mercado y recogen las guías impresas provistas por los docentes. Las hermanas las desarrollan sin ayuda porque los padres no saben leer ni escribir.

Unos metros más adelante está Juan Diego; no tiene luz eléctrica ni internet y debe esperar a que cada 15 días el camión lechero le lleve las mismas instrucciones del mismo colegio. Su vecino Jerónimo, con discapacidad motriz, no puede recibir la orientación presencial que requiere para aprender a colorear.

Los cinco clasifican en la clase media porque comenzó tres veces al día y no les falta lo básico. Pese a ello no son iguales. Los separa una amplia brecha en la oportunidad de obtener una educación de calidad.

Para Christian Robles-Báez, politólogo, magíster en Economía y estudiante de doctorado en Historia, lo anterior demuestra que mejorar el ingreso es insuficiente. pues también hay que atacar la desigualdad. “A la gente no solo le importa lo que tiene en el bolsillo sino cómo está respecto a los otros. Si percibe que alguien tiene más oportunidades, se origina un sentimiento de rabia, de injusticia. No es solo un asunto económico. Es un problema social ”.

Para salir de la pobreza un niño tendrá que esperar 6 generaciones (30 años por generación) en Chile, 9 en Argentina y Brasil y 11 en Colombia, según un estudio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos publicado en el 2018. En contraste, en Dinamarca necesita 2 generaciones y en Finlandia 3. Foto: Felipe Cazares, Universidad de los Andes, Colombia.

Igual que él, otros investigadores de Argentina, Bolivia, Colombia y Perú, expertos en pobreza y desigualdad, coinciden en que los países latinoamericanos han sido incapaces de gestionar políticas públicas redistributivas que provean sistemas de protección social sólidos e igualitarios. Esto, pese a la heterogeneidad de los territorios y sin importar si el modelo es estatista o neoliberal. Eso explica por qué, aunque en los primeros 15 años del siglo XXI redujeron la pobreza de 44 a 30 por ciento en promedio, a partir del 2015 están retrocediendo a niveles del 2000. Sus políticas no consiguieron consolidar la clase media y quienes superaron la pobreza se situaron en una zona de ingresos vulnerables. No tienen capital físico ni humano: el menor sacudón del mercado les remueve el piso.

Aunque varios gobiernos no han entregado cifras en el 2020, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) habla de 22 millones más de pobres (alza del 33,7 por ciento, la mayor en 12 años) para un total de 209 millones en esta situación, 78 millones en pobreza extrema o …